Esta semana en “Punillas al sur” hemos publicado una nota el día lunes (http://punillaalsur.com/destacado/jornada-laboral-reducida-es-posible-en-la-argentina/), sobre el proyecto de reducción de la carga horaria laboral. Si bien esto ya ha sido implementado en otros países, incluso de latinoamérica, y despierta gran interés, principalmente en las personas que ejercen su actividad bajo relación de dependencia, todavía no hay un relevamiento consistente en los resultados sobre el impacto, no solo en la economía, sino en la vida diaria de los trabajadores, que es lo que nos interesa en este caso. Por ello, es importante hacer un análisis más abarcativo, sin la necesidad, esperamos, de caer en la negación obvia de un cambio de paradigma sobre lo que es la “productividad laboral”, vista indefectiblemente desde la óptica del sistema imperante, que permitiéndome la concesión, hace que uno desconfíe de todos aquellos “derechos adquiridos”. Este análisis pretende basarse no tanto en la carga horaria laboral en si, sino más bien, en el “tiempo extra / adicional” que le permitiría a las personas poseer a partir de esta reducción horaria, y es ahí, donde recurrimos a la filosofía nuevamente de Byung Chul Han, Eric Fromm, Carl Marx y Michael Focault, que desde sus análisis más contemporáneos, ya vislumbraron de antemano, el entramado de un sistema que está en constante cambio para poder sobrevivir, es por eso, que la lupa hoy en día debe ponerse ya no tanto en un nodo de poder centralizado o mirar para un solo lado, sino entender que en el sistema neoliberal, el sujeto participa en los procesos de autoexplotación en su búsqueda constante de rendimiento (o de productividad), por lo que el capital se sirve del individuo, convirtiendo la libertad individual en libertad de capital. Y en esa relación de autoexplotación individual, la lucha de clases se transforma en una lucha personal, interna.

Por otro lado, y de manera inconsciente, el individuo manifiesta culpabilidad hacia un capital que se eleva como sagrado y ante el que siempre está en deuda, renunciando con ello a toda acción libre: “quizás incluso nos endeudamos permanentemente para no tener que actuar, esto es, para no tener que ser libres ni responsables. (…)”, esto mismo puede ser analizado desde la óptica individual, pero también, a nivel de naciones, que por medio de políticas de diseño a través de representantes del poder global, llevan a cabo acciones que terminan atando la libertad de cada país soberano a las decisiones de organismos multilaterales de crédito (FMI, BID, etc).

¿No es el capital un nuevo Dios que otra vez nos hace culpables?

Ese Dios contemporáneo, es nada más ni nada menos que las redes sociales, que ejercen una presión psicológica sobre las personas y a la vez genera una adicción difícil de controlar, ya que las mismas no están catalogadas como lo que son, productos capaces de generar alteraciones en la conciencia humana.

La autoexplotación y autoculpabilidad se convierten en mecanismo de autovigilancia en lo que Han denomina panóptico digital, recuperando el concepto arquitectónico de Jeremy Bentham y el distópico de George Orwell. “La ilusión de libertad también se manifiesta en la demanda de transparencia y en la necesidad de compartir toda clase de datos en la esfera digital, para generar y consumir información, eliminando toda clase de barreras (incluidas las psicológicas)…”. Así se “desinterioriza” al individuo en pro de la comunicación quedando expuesto a la mirada del Otro. Ello trasforma al ciudadano en consumidor. Este demanda desnudez personal, que cada cual comparta su intimidad, en vez de focalizar su atención en la transparencia de los procesos de toma de decisión. De esta manera, las protestas ciudadanas se limitan a un refunfuñar, como si el ciudadano fuera en realidad un cliente desencantado que se conforma con completar la hoja de reclamos. Los partidos hacen lo propio y “se degradan a proveedores que han de satisfacer a los votantes en cuanto consumidores o clientes”, este como uno de los puntos más importantes, ya no hay debate de ideas o proyectos, sino que es una mercantilización de la política, poniendo en escena al candidato más “vendible”.

Se identifica a la psique como el principal recurso productivo del sistema actual, pues lo que se produce son objetos no-físicos como la información, lo que obliga al sujeto a optimizar sus procesos psicológicos. Byung Chul Han entiende que las “tecnologías del yo” (aquellas con las que los individuos fijan normas de conducta y buscan transformarse a sí mismos), forman parte de la dominación del individuo, puesto que recurre a ellas para optimizarse en función de la norma social, cosa que Foucault (autor del término) no reflejó: “Foucault no ve ni que el régimen neoliberal de dominación acapara totalmente la tecnología del yo, ni que la permanente optimización propia, en cuanto técnica del yo neoliberal, no es otra cosa que una eficiente forma de dominación y explotación”, con apariencia de libertad y que conlleva un constante autoconsumo del yo motivado por la búsqueda permanente de la optimización personal.

En este proceso el individuo ha de reconducir los pensamientos negativos para hacerlos positivos e, incluso, debe explotar el dolor que le puede llevar a la optimización, como por ejemplo la presión que incita a la superación.

la psicopolítica neoliberal es una política inteligente que busca agradar en lugar de someter” Byung Chul Han.

La mejor manera de someter al individuo a esta forma de controles, es explotando sus emociones, haciendo de ellas medios de producción. Se venden significados emocionales que se vinculan a la libertad con el objetivo de generar inestabilidad e impulsividad en el proceso productivo. “La aceleración de la comunicación favorece su emocionalización, ya que la racionalidad es más lenta que la emocionalidad

Con ello, de alguna manera el capitalismo neoliberal “ludifica” la vida y el trabajo para hacer de las interacciones sociales algo entretenido, incrementando así la productividad y la información disponible. Un ejemplo es el “me gusta” a través del cual el individuo obtiene un refuerzo positivo instantáneo que le incita a seguir compartiendo datos personales que no tardarán en ser mercantilizados. Así, las fronteras del Estado y del mercado se entremezclan: “hoy se trata a los hombres y se comercia con ellos como paquetes de datos susceptibles de ser explotados económicamente”.

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