El regreso de Lula: La resiliencia del Calamar

    Con la libertad recuperada, el expresidente se convierte en una voz y una presencia clave para su país y el continente.

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    Por Marcelo Taborda. Periodista

    “No da para apagar el Sol…

    No da para parar el tiempo…

    No da para contar estrellas

    que brillan en el firmamento…

    No da para frenar el río,

    cuando este corre hacia el mar…

    No da para callar a un Brasil,

    cuando este quiere cantar…”

    Los versos anteriores, traducidos con algunas licencias desde el Portugués, formaban parte de un pegadizo jingle de campaña que allá en octubre de 2002 se esparcía por toda la exuberante geografía de un país continente y presagiaba la llegada, por primera vez al Palacio del Planalto, de un presidente de extracción obrera y sindical.

    Poco más de 17 años han pasado de aquel octubre en que Luiz Inácio Lula da Silva celebraba en el mismo día de su cumpleaños, y después de tres intentos frustrados, una victoria electoral que cambiaría la historia de ese país continente y daría nuevos aires a la integración de Latinoamérica.

    El viernes por la tarde, cuando un juez ordenó poner fin a 580 días de prisión en una dependencia policial de Curitiba, y este sábado, cuando volvió libre y en andas de una multitud que esperaba su regreso a Sao Bernardo do Campo –el lugar donde nació en los años ’70 el Lula líder sindical y dirigente político–, la letra de aquella campaña cobró otra dimensión.

    A sólo unos metros de su lugar de encierro en la capital del estado de Paraná (refractario si los hay a las políticas de Lula y su Partido de los Trabajadores), el extornero mecánico se subió a una tarima. El escenario estaba colmado por quienes nunca lo dejaron solo desde abril del año pasado, cuando el entonces juez Sérgio Moro dispuso que el hombre que dejó la presidencia con un 80 por ciento de popularidad –tras dos mandatos– fuera ingresado en prisión.

    Lula agradeció a todos, incluida su nueva pareja a quien presentó en sociedad, y apuntó de inmediato sus dardos hacia jueces y fiscales a quienes endilgó haber amañado procesos en su contra y hacia una policía federal que hizo partícipe de esas maniobras. Pero, sobre todo, hizo foco en Moro y en el actual presidente, Jair Bolsonaro, de quien el otrora arquetipo de la lucha anticorrupción continental se convirtió hace un año en ministro de Justicia y aliado clave, antes y después de su llegada al poder.

    El mismo de siempre

    Mientras hablaba y avisaba a sus detractores de su regreso, Lula caminaba de un lado a otro sobre el improvisado y superpoblado palco, con la verborragia y el carisma que tantas veces exhibió en su cambiante vida. Por momentos se dejó ver al Lula capaz de enderezar pronósticos en contra y seducir electorados. Como aquella tarde en la que su magnetismo se palpaba al oírlo en un acto de cierre entre las fábricas de Sao Bernardo, donde –pese al estallido del Mensalao– enfiló el rumbo hacia su reelección en segunda vuelta en octubre de 2006.

    De a ratos se pareció al Lula de aquella tarde lluviosa de octubre de 1998 en la sede paulista del PT, donde ante periodistas extranjeros y enviados especiales denunciaba el título tendencioso de la tapa del diario Folha de Sao Paulo, que en su edición de ese domingo electoral, ya disponible en los kioscos de la megalópolis al atardecer del sábado, rezaba: FHC (por Fernando Henrique Cardoso)  ganará hoy con el 50 y tanto por ciento de los votos… Por entonces, y más allá de lo certero del vaticinio del periódico sobre la reelección del mandatario tucano en primer turno, el semblante de Lula denotaba fastidio pero no resignación. Y eso que, con aquella tercera derrota en otros tantos intentos por llegar a la presidencia (la primera fue en ballottage frente a Fernando Collor de Mello, en 1989, y la segunda con Cardoso, en 1994), muchos le extendieron al líder nacido en Pernambuco un anticipado certificado de defunción política.

    Pero Lula no se rindió entonces. Como tampoco lo hizo ante cada traspié que asoma en diferentes capítulos de su cinematográfica biografía. Ni cuando su madre lo cargó a él y a sus hermanos en la caja de un camión, para emigrar del Sertao en busca de un marido abandónico, que bajó desde el Nordeste procurando trabajo y mejor suerte en el litoral más industrializado y rico de Brasil. Tampoco se rindió al morir su primera mujer en un parto de trágico final, o cuando en medio de las acusaciones del Lava Jato perdió a Marisa, la esposa que fue su contención antes, durante y después de su gobierno, y su sostén imprescindible en la batalla que, con su apoyo, le ganó a un cáncer.

    Tiempos de lucha

    Rodrigo, un colega y amigo de quien suscribe estas líneas, decía desde Brasilia este sábado que el Lula liberado este jueves se parecía más al Lula combativo que ganaba las calles en los tiempos en que Brasil clamaba por democracia y “elecciones directas ya”. A ese al que un accidente laboral arrebató un dedo meñique y quien en 1980 fue uno de los fundadores del Partido de los Trabajadores, una de las fuerzas de izquierda con más afiliados del mundo.

    Tal vez la regresión impuesta a la democracia del país más poblado de Latinoamérica por algo más de 10 meses de gobierno de Bolsonaro (parece que ya fueran 10 años), obliga a archivar por ahora el mensaje y la actitud del “Lula paz y amor”, con que el ex mandatario ganó personalmente las elecciones de 2002 y 2006 y fue clave para que aquella a quien forjó como “sucesora”, Dilma Rousseff, venciera en los comicios de 2010 y 2014. “No vamos a responder con el odio”, dijo sin embargo y ya libre quien cuando estaba privado de la libertad sufrió pérdidas afectivas inconmensurables, como las muertes de un hermano, de un amigo entrañable y de uno de sus nietos pequeños y vio restringido su derecho a compartir el duelo con su familia.

    Con 74 años recién cumplidos y pese a todo lo vivido en sus últimos tiempos, Lula parece intacto y, en algunos aspectos hasta rejuvenecido. En su duelo dialéctico y judicial contra Moro y Bolsonaro ha advertido que así como rechazó un régimen semiabierto porque quería demostrar que se había manipulado ilegalmente su detención, ahora pretende demostrar su inocencia mientras hace visible la parcialidad del exjuez y ahora ministro.

    Y es que en este caso no se trataría ya solo de Lula y su figura, ícono emblemático para incondicionales seguidores y también para acérrimos detractores. El objetivo es demostrar, como parecen probarlo las grabaciones y filtraciones divulgados por el periodista estadounidense Glenn Greenwald, que la Operación Lava Jato y su consiguiente manejo selectivo de pruebas, sentencias y condenas fue usada por Moro para sacar de carrera a Lula y al PT de las presidenciales de octubre pasado. Esas que entronizaron a Bolsonaro y a una derecha que atrasa medio siglo.

    Mientras, el exmandatario que sacó a millones de brasileños de la pobreza y subió la autoestima de los excluidos de siempre, el que era puesto como ejemplo de Occidente como la “izquierda sensata y democrática” a seguir como modelo en la región ha vuelto.

    Nadie sabe aún si algún proceso judicial con tufillo a manejos de poder y Lawfare podrá retacearle otra vez la libertad recuperada o si nuevas revelaciones de una trama que dejó mal parado a Moro y sus aduladores terminarán por devolverle sus derechos políticos aún interdictos.

    Lo que está claro es que su regreso no pasará inadvertido; ni en Brasil ni en toda una región atribulada por urgencias, desigualdades y pujas de poder, donde su voz tendrá una renovada resonancia. Lula, el Calamar resiliente ha vuelto. “No da para apagar el sol…”

     

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