Jorge Valdivia: El hombre pájaro, que baila solo esperando los encuentros

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Foto: Paul Amiune

Por Mónica Manrique

El Negro Valdivia es reticente a las entrevistas. Después de 85 días de silencio y soledad en vida de cuarentena, aceptó traspasar una frontera de cerco verde y dialogar con Punilla al Sur.

Nacido en Mayu Sumaj, hace más de cincuenta años,cuando no existían las fronteras entre los pueblos, mantiene la impronta de las personas silenciosas y profundas. Nada le es ajeno, aunque mantenga una distancia que se acrecentó con la pandemia.

El Negro ha logrado generar afectos profundos y una trayectoria en el mundo de la danza indiscutible como referente. Pero es mucho más que una bailarín. Se convirtió en un gestor cultural no económico, cómplice de vida de muchísimos artistas,  que le permite levantar el celular y pedir a músicos y bailarines, ser parte de los espacios culturales que ha construido para toda la provincia y en este sur de Punilla, que le  sigue siendo ingrato.

La soledad y aislamiento que llegó con la pandemia

Valdivia se ha recluido en  soledad, por imposición y decisión de cuidarse y cuidar a los otros del maldito virus que nos asola.

“Extraño el extremo de los abrazos, los encuentros, los chicos de la escuela. Bailo solo todos los días, ni siquiera lo pienso, pongo música y bailo. No es lo mismo que estar en grupo con otra conexión. Lo que se añora son los espacios compartidos, esa carencia en todos los ámbitos. Estar en cuarentena no es una decisión mía  es una aceptación”.

Foto: Paul Amiune

-¿Cómo es bailar solo?

-No es lo mismo. Es otra energía, otra conexión. Se extrañan los abrazos compartidos en todos los ámbitos. Estar encerrado, solo, es un impacto fuerte, pero siguen pasando los meses y uno que  está acostumbrado a estar rodeado  desde las ocho de la mañana  con los chicos en la escuela y después dar clases, y la peñas…es un cambio fuertísimo. Y si bien mi estado de ánimo es así, así – mientras mueve sus manos describiendo un sube y baja- anhelo que salgamos fortalecidos para bien”.

Cuando la infancia  estaba rodeada de monte y la escuela Juan José Paso tenía un aula

Por los ´60 el sur de Punilla era un solo espacio geográfico que comenzaba con los primeros loteos  y todo era montes de espinillos. Los Valdivia eran una familia numerosa  y si bien sus padres comparten el mismo apellido  Antonio Esteban Valdivia- Tony-conocido como el hombre que andaba a caballo  y Clara Valdivia, no tenían la misma raíz familiar.

“El sur de Punilla era tan lindo, no sabíamos de límites geográficos y parecían más cercanas las distancias. Cuando vendía huevos caseros que tenía mi mamá o ir a Icho Cruz a jugar con amigos era todo lo mismo. Por supuesto éramos muy pocos, Mayu era todo campo y ésta parte de San Antonio donde estamos ahora, era todo monte” rememora.

Hice la primaria solamente y en la escuela Juan José Paso. Al principio era un aula sola y cuando terminé ya tenía tres. Éramos como 20 chicos de todos lados que iban caminando, en burro o a caballo.

Como a los ocho años  empecé a trabajar vendiendo huevos, juntando leña y desde muy chico el trabajo estuvo incorporado a la vida cotidiana, cuidando gallinas, pero el trabajo formal, de recibir un pago  fue al salir de la primaria,cuidando vacas en un pastizal;después de  lavacopas en el Rancho Martín Fierro y en la construcción”.

La Colimba, su primer viaje y el desarraigo

Jorge Valdivia  hizo el servicio militar en  Buenos Aires, en la Infantería de Marina y fueron ocho meses de una experiencia que le permitió conocer un mundo impensado. Fue  “La primera salida de Mayu Sumaj- comenta- Eso fue terrible, muy fuerte. Yo había ido algunas veces a Carlos Paz y viajar a Buenos Aires fue duro. Me supe acomodar y  fue una experiencia muy buena. En los ocho meses que estuve volví a mi casa tres veces a ver a mis viejos y no era nada fácil viajar en tren por un fin de semana. No tengo recuerdos de cuando llegaba que era fuerte y emotivo, pero no puedo olvidarme de cuando me tenía que ir, era tremenedo.Volvés y es como que respiras.

Pero  por otro lado era una época jodida y difícil el ’79 pero me tocó de costado porque ni siquiera era consciente de lo que pasaba. Estaba en un batallón nuevo y en esa época trabajaba en la construcción por lo que yo seguí trabajando de eso”.

“Aunque conocí Buenos Aires, la cancha de River, el obelisco, subirme a un subte era como ir a la luna. Relacionarme con un formoseño que era de Estudiantes de la Plata y me iba con él a la cancha y pasábamos  el fin de semana ahí, conociendo a figuras del ámbito del deporte.  Con todo lo bueno de esa experiencia me dieron la oportunidad de salir de baja o irme a la Fragata Libertad  me vine a mi casa. Nunca me arrepiento. Lo pensé porque era otro desafío pero me volví a mi lugar” y lo enfatiza, sabiendo su pertenencia a este sur de Punilla del que no se fue.

El camino de la danza

-¿Cuándo empezaste a bailar?

Desde chico y en la escuela la maestra nos enseñaba y esperábamos las fiestas patrias para poder bailar. Sí  sé que cuando volví de la experiencia del servicio militar una de las cosas que añoraba era el baile.

A partir de ahí, capaz que inconscientemente se definió en mí ese camino de la danza. A partir de los 80 no tan solo que bailaba sino que empecé a dar clases en las escuelas, hacer bailar a los chicos y en el 87 me ofrecieron ser portero de la escuela Juan José Paso  y dije que sí. Y todavía sigo.

Primero  en la escuelita de Icho Cruz empezamos a bailar con los chicos y en el 80 por ahí, empiezo a dar clases con la Academia. Definitivamente quería hacer eso. Y formé  la Academia La Candelaria. Y fueron muchas coincidencias. Vuelvo al folclore y me encuentro con Silvia Zerbini después de un montón de años y a partir de ese encuentro no nos separamos más. Por esos días Silvia vuelve a dar clases en la municipalidad de Carlos Paz y retomo mis clases con ella y la seguí  a córdoba, Villa Allende, ella venía a dar clases a la Academia y se hizo un nexo permanente.

-¿Conociste a Silvia Zerbini cuando ella vivía en San Antonio?

– La conocí en la época de la escuela,  tenía 7 u 8 años y ella empezó a dar clases de folclore en el Rancho. Fue su primera actividad como docente y era muy joven tenía 16 años. Todo fue una casualidad. En ese momento en San Antonio una persona empezó a dar clases de guitarra y a mí me gustaba mucho y el primer día que fui a clase faltó el profesor y  al frente escuché música y chicos jugando y me acerqué y me acuerdo que salió Silvia afuera y me hizo pasar. Ese fue mi primer contacto con la danza y nunca más la guitarra. No fue causal.

Más que bailar jugábamos, porque era época de invierno y el Rancho no era lo que es hoy. Estaba el techo y unos puntales, piso de tierra y el frío que venía del río.

Siempre me gustó el baile  y andaba en los lugares que había música y a fines de los 70 me incorporé a un grupo de danzas en Carlos Paz “Celeste y Blanco”. Y bailábamos todos los días. Esto fue después que hice el servicio militar. Después la seguí por todos lados y siempre tuvo la generosidad de presentarme a bailarines y músicos y hasta el día de hoy nos acompañamos.

Foto: paul Amiune

El hombre pájaro que al bailar seduce con su danza y  se eleva a diez centímetros del suelo, conmueve, porque él se conmueve cuando baila y para ejercer la libertad de su danza,su formación fue académica, muy rigurosa.

-¿Cómo fue la evolución como bailarín y profesor?

-Fue un proceso.Yo aprendí académicamente  con Silvia Zerbini y es la que nos liberó para que veamos la danza de otra manera, más natural como las danzas populares.

Cuando fui a bailar con el ballet de Miguel Ángel Tapia me costó un montón la técnica. Era un desafío, pero a la vez convivía con el baile sin condicionamientos y eso es lo que puedo transmitir cuando doy clases. Entender que nuestra danza es un medio de expresión y no una técnica. Y Miguel nos permitía cierta  libertad que captaba en cada uno. Sino no sé si podría haber estado varios años en un ballet. Creo que eso se ve en la forma de transmitir. Uno puede exigir un montón de cosas pero también dejar que salga lo que cada uno tiene.

Con el ballet de Tapia viajamos  dos veces a Europa, varios meses, pero siempre estuvo la necesidad de volver al sur de Punilla.

Cannes. Fracia. Foto: J. Valdivia

Por primera vez en 30 años, Valdivia no fue parte del  Encuentro Cultural Nacional de San Antonio.

Un texto publicado en Facebook generó una conmoción nacional ante la decisión del Negro de no ser parte de este Encuentro, el que generó, junto a unos poquitos, hace treinta años.

“El año pasado tomé una decisión porque tenía las ganas esas, no importa el porqué, pero tampoco es ya algo que uno anhela volver  a estar- detalla-. El Encuentro ya trasciende, por más que vos me digas que soy el alma. Tiene muchas almas. No es algo en lo que esté pensando, no me quita el sueño, ni estoy arrepentido de no haber estado. Ha sido una experiencia distinta, muy, muy rara, loca. En 30 años decir hoy estoy afuera y capaz que vuelva o no”.

Foto: Punilla al Sur

Hace 36 años que bailo en Cosquín. Si éste no me invitan, voy igual, porque soy parte, sin ser parte de los organizadores. Y va a estar todo bien.

Foto: J. Valdivia

La vulnerabilidad de los bailarines ante la crisis que produjo el coronavirus

-¿Cómo ves la crisis que viven los bailarines por la pandemia?

-Es difícil ponerse en el lugar del otro. Es real que hay gente que lo está pasando muy, muy mal desde no tener para comer, pero también hay gente que lo está pasando muy mal por no poder estar compartiendo con los otros lo que hace.

-¿Porque están tan desprotegidos los bailarines?

– En la misma situación que estamos hoy, tiempo atrás lo estaban los músicos, los actores, lamentablemente somos el  último orejón del tarro.

Aparte hay un desconocimiento profesional hacia los bailarines. Desde lo humano. En los escenarios  no son contratados como los músicos y no son tratados de la misma manera. Para  determinados artistas y en el concepto  de los organizadores  son un adorno, nada más. Si están o no es lo mismo para ellos. Está muy desvalorizada la tarea de los bailarines. Es un oficio que lleva años de formación y se invierte un montón de dinero y eso no se valora. Más allá que haya un vínculo muy lindo músico- bailarin  que se comenzó a generar a partir de los 90 muchas veces se nos sigue desvalorizando.

Me ha pasado que me llaman a bailar y después no tengo el espacio porque no sos parte del producto.

Estoy hablando mucho. A veces hablo de más y no hace falta. ¿Qué le puede importar a la gente de mí?

Y en una tarde  de otoño muy fría, se volvió a poner su barbijo inseparable.Y aunque se pregunte porqué entrevistarlo a él, sabe que conmueve y emociona con el  aleteo de su cuerpo pájaro, y que se extraña en tanta orfandad generada por el virus.

Foto: Paul Amiune

1 Comentario

  1. Hermosa entrevista Mónica!!!
    Nos acercan un poco las palabras a los abrazos y las zambas…
    Y late un bombo deade medio del pecho a los pies..

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