Por Mónica Manrique

Hombre de vida intensa, oficios varios, amante de los caballos y definido como Brocheriano, en sus relatos no deja de sorprender sobre  lo que pasó en esa gran extensión de tierras pertenecientes a los Franciscanos, que  incluyen a un hombre que se ahorcó y estuvo un año  pendiendo de una moradilla;  a  los esclavos que eran estaqueados en el algarrobo, patrimonio histórico de la zona y las historias de Las tres cruces, en el cerro que forma parte de su predio.

Vivió en Mayu Sumaj durante 35 años, desde que estas tierras eran  una sola estancia, la de San Antonio  y luego, San Antonio de Arredondo.

Juan Fernández se pierde en la inmensidad de  “Santos Lugares”, 326 hectáreas alquiladas a los Franciscanos y  el único pulmón verde que queda, dónde tiene su guardería equina, enseñan equitación y rehabilitación para personas con capacidades diferentes, cabalgatas, herrería y pensionado de caballos. “Por estas hectáreas les  han ofrecido cifras siderales a los curas pero no se vende, aparte son donaciones  los campos y no se pueden vender”.

El Gallego Fernández relata a Punilla al sur “Cuando me vine a vivir a esta casa, que tiene más de cien años, la tuve que hacer de nuevo  y la construí con permiso de los frailes a quienes  se las  alquilé. Ya no podía vivir en Mayu Sumaj y con mi señora decidimos alquilar estas 326 hectáreas por varios años y por eso reconstruir la casa”.

A los 10 años llegaron de Villa Devoto, Buenos Aires a la casa de veraneo en Córdoba  en Mayú Sumaj, dónde su padre compró una  fracción de terreno grande y por esas cosas de la vida, los negocios  no anduvieron bien y se vinieron a vivir a allí, en el año 48, donde no había nada. “Ya hace 53 años que estoy acá.  Mi viejo era muy amigo de Bazán, Genaro Carranza, los Murúa, los Valdivia, doña Sofía Carranza, Adela y Olga Amalfi, que son los pioneros”.

“Yo he tenido muchos trabajos: viajante, repartidor de pan, pero siempre tuve caballos. En Buenos Aires mi viejo tenía campos y  un horno de ladrillos, así que siempre estuve con caballos y quise hacer lo que hago, dirigir  una guardería equina y en la que tenemos todas  las variedades  de pájaros y animales: comadrejas, zorros, hasta pumas en las sierras. Yo no dejo que toquen nada, porque el ser humano cuanto más les das, mas quieren.  Les  pongo límites y por eso algunos no me quieren”.

El ahorcado,  los estaqueados y las tres cruces.

“Hace como tres o cuatro años- nos comenta-  me llaman por teléfono: ¿Sr. Fernández? -Le aviso que un hombre va a la Cruz porque se va a ahorcar-. Llamé a la policía, estuvieron  y se fueron. Pasó un año y al siguiente  viernes santo, un hombre se sale del camino y de repente ve a un tipo colgado de un árbol, una moradilla, se pegó un jabón de la gran siete. Le faltaba media pierna y estaba en muy malas condiciones. Hacía un año que estaba colgado y no se habían dado cuenta. Cerraron el perímetro, sacaron fotos y nunca supieron quién era este muerto y yo nunca supe quién me llamó al teléfono fijo”.

Los relatos populares comentan que en el algarrobo histórico, se ahorcaba a los aborígenes y esclavos, pero Fernández, conocedor del tema sostiene que “En los libros de los frailes figura que en el algarrobo frente a la iglesia, en 1800 y pico se estaqueaban a los esclavos, no se los ahorcaba”.

La Cruz, hoy promocionada como circuito turístico con las siete estaciones, está en el predio que alquila y tiene una historia desconocida, al menos, para muchos. “La primera cruz la pusieron cuando se construyó la capilla, creo que  en 1891; la segunda la volteó un rayo que la partió por la mitad y un pedazo está quemado. Tan es así  que  la tienen guardada los frailes. Y la tercera, allá por el 2000, la pusimos con unos amigos y vinieron unos cuatrocientos novicios de Santa Fe y la pasaron por un camino alternativo que construí para cabalgatas. Era una cruz desarmada y en ese momento estaba el padre Beto y con  tres frailes y algunos civiles llevamos una parte hasta que llegaron los novicios cantando, llevando el otro palo entre todos. Una imagen realmente emocionante y cuando se juntaron los dos partes arriba se atornillaron los palos, se la paró y la plantamos en una base nueva de cemento. Recientemente, un grupo de vecinos con Gloria Verra  le realizaron varias mejoras, la pintaron y quedó muy hermosa”.

Años en Mayú Sumaj y un pleito con la comuna

Con los gratos  recuerdos de vida durante 35 años en ese pequeño poblado,  hoy Juan Fernández está  enojado con el Jefe Comunal Fabián Flores, a quien le alquilara hace diez años atrás, tres propiedades: una que era su casa y donde funcionó la sede Comunal hasta hace poco; otra vivienda que sirvió de sede para la ambulancia y la tercera que se usó como jardincito.

De buena fe, no se hicieron contratos y cuando logró  al fin que  la Comuna le devolviera sus casas, las encontró destruidas, con caños, vidrios rotos, puertas y ventanas que no cerraban, los impuestos de la comuna y rentas no se pagaron durante muchos meses  y le habían cortado la luz y agua por falta de pago. Muy molesto Don Fernández sostiene “Por mis problemas de salud me he demorado, pero le voy a iniciar juicio a la Comuna de Mayu Sumaj, porque es tremendo como me destruyeron mis propiedades… y yo que les creí de buena fe”.

Entre el enojo y la  nostalgia recuerda que cuando llegó de niño “Esto era un paraíso, y entonces la compañía urbanizadora  sobre el rio San Antonio loteó Mayu Sumaj, que era parte de la estancia de los Arredondo, que abarcaba muchos kilómetros, Santa Rosa;  Bosque Alegre; San Bernardo  y del río para el otro lado era Las Ensenadas  que pertenecía a Garyzabal. Vi crecer este lugar que tiene las playas más hermosas”.

Fue una entrevista  extensa, que ameritará una nueva crónica en la que no faltará su condición de Brocheriano, los últimos arreos de vacas, historias con amigos borrachos, procesiones del 2 de febrero  y la costumbre de algunos de flagelarse con el rebenque, hasta que las mujeres los detenían. Historias que forman parte de nuestro Punilla al sur.

 

 

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