Por Mónica Manrique

Pablo Metrebián no es fácil de entrevistar. Su dialéctica y riqueza de conocimientos  dificulta una conversación que se convierte en un  laberinto de pasiones, construida por miles de envases, décadas de búsqueda de botellas , etiquetas  originales  y una historia familiar marcada por el genocidio armenio.

Carlospacence, integrante de una tradicional familia dedicada a la gastronomía, remite su origen a  SIS capital de Cilicia, antiguo reino de Armenia. Una ciudad fortificada con 5 puertas y  mil iglesias, de la que hoy sólo quedan sus ruinas.  En 1915 – año de la matanza de los armenios por los turcos- su abuelo tenía 12 años y a su  padre lo enviaron  a la Primera guerra mundial en Europa, quedando  toda la familia con los hijos en ese pueblo.

“La madre de mi abuelo hacia pan y lo vendía y mi abuelo lustraba zapatos en los cafés- relata Pablo- y por tres años no supieron de su  padre. Aún  no puedo saber cuánto tiempo tardó en volver de la guerra”. La historia marcada con la sangre de las invasiones también lo afecta de cerca ya que  1905 hay un genocidio donde su abuelo pierde cinco tías.

Este relato, al final de la entrevista, permite, desde una mirada externa y quizá equívoca, encontrar en Metrebián su  mixtura apasionada entre el coleccionista meticuloso y su raigambre. “Mi abuelo llega en los años 20 – relata  escapándose de sus tesoros acumulados en el tiempo. Pasa “El Líbano y se viene para Córdoba. Me contó – y es algo extraño porque no hablaba con nadie de nada- que cuando era chico su abuelo tenía una finca donde los Metrebián hacían aceite de la almendra, cosechaban dátiles y damascos, árboles frutales, rosas para el jarabe y la casa de mi abuelo que aún existe,  tiene una reproducción de los árboles de su abuelos.  Era una línea de contacto con su pasado”. Esa línea en el tiempo, es la que el coleccionista perfila cada vez más en los datos históricos de su increíble colección. Sera por eso que comenta “ Me busco a mí mismo en este derrotero de botellas antiguas, no porque no sepa quién soy sino porque esto me permite conectarme por quienes me precedieron a pesar de limitaciones y contextos, por eso pienso que una botella no es un mero objeto. Tiene su historia contextual, eso es lo que a mí me gusta y entretiene”.

Sus primeras botellas atesoradas

¿Cuál fue la primera botella que te sorprendió y dónde? Pregunta que lo toma por sorpresa y su memoria dispara rápidamente “En el año 73 cuando tenía 8 años, en el negocio familiar de gastronomía de mis viejos – abrieron una parrilla en el 70 en el centro de Carlos Paz, “La Rueda” –  me fascinaba acomodar las botellas en el mostrador. Ese era mi trabajo.  Y como tengo mucha memoria visual,  me atraía la llegada del coca colero, que era todo un acontecimiento con  los cajones amarillos de madera”.

“Un día llegó Mirinda uva en una botellita muy chiquita y en ese momento  hice una foto que quedó registrada para siempre. Me encantó tomarla pero nunca más la vi. Esa fue mi primera botella y no la guardé pese a que me pasaba guardándolas y después de uno o dos años alguno de mis hermanos se la tomaba y me destruían al hacerlo”.

Su mirada académica, formada en los estudios de tres años de arquitectura, Diseño Gráfico  y profesor en Aguas de la Cañada lo llevaron  a introducirse en el lenguaje formal y una mirada diferente hacia las botellas. Entonces, era un acumulador de las mismas. No había comenzado su proceso de coleccionista.

“Yo coleccionaba botellas de Coca Cola, tenía 200  y crecía de acuerdo a mi estado de ánimo. Las puse en una vitrina en el negocio y la gente me asoció mucho con eso aunque no le veía sentido a la colección, hasta que aparecieron las  de Hesperidina”

La Hesperidina: “Lo loco es que siga fabricando después de 150 años.

“Mientras construían  el Patio Olmos  había pozos a cielo abierto y veo botellas negras, oscuras y obtuve allí mis tres primeras botellas antiguas: una de limeta-esas de ginebra cuadradas- una de ginebra y una de Hesperidina; me fui a patrimonio cultural y  las fechamos en 1853,  era la época en que en ese lugar, antes de la escuela Olmos funcionaba la Aduana de Córdoba. Me fasciné mal, y nunca más pude conseguir botellas  tan antiguas”.

A lo largo del tiempo logró tener 300 botellas de los años 40 y 50  de vermouth y aperitivos, pero sólo tenía una de  Hesperidina,  que lo atrapó con su contenido, historia, diseño y la evolución que tuvo a lo largo de 150 años.

La entrevista se realiza en un inmenso salón de fiestas, con tules blancos que se agitan al menor movimiento, rodeada de vitrinas con más de 50 botellas de Hesperidina y 30 de fernet antiguas, con sus etiquetas originales. El resto que conforman su colección de casi mil botellas, se guardan bajo mil llaves.

Metrebián  trata de compartir su conocimiento construido en décadas y es imposible seguirlo… apenas unos apuntes que se sostienen con dos grabadores. “Durante los 3 primeros años de Hesperidina, la primera botella cuadrada, es una limeta marrón, la segunda es de 1864. La primera etiqueta de Hesperidina decía  “Con la fórmula del Dr. Cooley de Nueva Orleans”. Este médico  muere en 1880 y Bagley quién  lanza la Hesperidina  en 1864 en una navidad, dos meses antes, como estrategia de venta en los cordones de las aceras en Buenos Aires  escribe  “Se viene la Hesperidina”. Tuvo muchísimo éxito. A partir de ello fue imitada y por eso  empieza a perfeccionar la etiqueta de los envases de barril americano y generando jurisprudencia para registrar el producto y  en 1876 se crea el registro de Marcas y Patentes. Hesperidina recibe la N°1. Lo loco es que se siga fabricando después de 150 años”.

La evolución del envase y etiqueta son tan fascinantes que Pablo Metrebián deberá terminar su libro, para poder disfrutar de los detalles históricos “La Hesperidina es el inicio de la industria nacional a un precio aceptable. El cajón con 12 barriles valía 10 pesos en 1880 y la botella un peso. Es muy característica porque siempre se produjo en el país. Las botellas se hacían en Inglaterra sopladas en molde manual; la etiqueta norteamericana se la encarga a la oficina de billetes de bancos de  New York para que nadie la plagie, y por eso  le hacen un billete, numerado y timbrado; la cápsula de plomo que le ponían venía de Francia; el alcohol venía de Canadá. Lo único nacional era el contenido. Se calculan hasta 100 plagios de botellas de Hesperidina en barriles”

Investigador, historiador y coleccionista, quizá el mayor del país.

“Empecé de chico y  a los 20 años me a gustó mucho más y todavía no era un coleccionista porque estaba buscando que dirección  le daba a lo mío. Ahora tengo bien definido. No colecciono cerveza ni vinos, colecciono Bitters o vermouth o botellas de gaseosas antiguas. Me metí en el mundo Hesperidina  pero no sé qué tienen otros coleccionistas” y sonríe por primera vez abiertamente cuando dice “yo soy muy potente en Hesperidina”.

“En un momento tuve una duda nos comenta-  y un amigo mayor que me tiene mucho afecto se enojó y me dijo: no tiene ningún valor todo esto Pablo. Es hermoso pero ¿La colección de qué es?  Ahí me puse un filtro grande sólo  botellas de vermouth y aperitivos y gaseosas hasta 1950, labradas y no serigrafiadas y entonces me deshago de 500 botellas que tenía”.

El mundo del coleccionista es riguroso, competitivo y facebook ayuda a confundir, a brindar datos inexactos, que sólo los conocedores saben. ¿Qué harás con tu colección? una  pregunta ingenua ante tanta búsqueda acumulada.

“Pensé en el final, en  mi hija Martina que tiene 16 años, a quién le gusta esto pero se trata de una pasión. Y  me voy a dar por satisfecho el día que baje toda la línea completa de lo que vi y ahí la botella podría seguir su camino a otros coleccionistas.  Nosotros estamos viajando como los envases pero ellos tienden a permanecer y nosotros seguiremos. Pongo un principio y un fin”.

Seguramente la Hesperidina  quedará por un tiempo en las inmensas vitrinas, hasta que Pablo concluya su nuevo desafío: determinar la cantidad de gaseosas que había en Córdoba, pero con marca de sodero. Hubo hasta 200  y ya lleva recopiladas 60 botellas en 20 años. Él sabe  que los envases son medidores temporales de un momento específico, “Tengo reclaro que los envases seguirán su paso, no tiendo solo a acapararlos, quiero dejar registro y que sigan”.

El punto, que no puede ser final, porque es una crónica reducida de largas horas de conversación, tiene olor a naranjas amargas, como la Hesperidina y también a los dulces de rosas, dátiles y a esa primera imagen, la de Mirinda uva, que a los 8 años, marcó su camino de coleccionista.

 

 

 

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