Por Mónica Manrique

No conozco fecha de fundación de la  garita que albergó durante  muchísimos años a la mayoría de los sanantonienses y vecinos de la zona que se movilizan a distintos lugares. Los turistas que tomaban el bondi para regresar a sus destinos. Era la referencia para ingresar al puente, hoy verde, a Playas de Oro IV.

Veo los guardapolvos de los estudiantes, las esperas interminables cuando se demoraban las pocas líneas que pasaban años atrás, también los  abrazos  y besos robados a escondidas de miradas fisgonas. Mayores que soportaban la espera con paciencia infinita. Laburantes que miraban los horarios para llegar a tiempo y poder marcar a horario.

Cientos de miles de personas se refugiaron en ella. Cuatro paredes y un asiento de cemento que pasó por varios colores, humedades, algunos objetos robados que escondían atrás. Hasta esta tarde del 2 de noviembre, sus graffitis y pinturas contrastaban con la mole de cemento del puente nuevo que marcó un tajo en el paisaje y nos dejó con la mirada reducida y dolorosa de aquellos campos con caballos que pastaban, la bruma que aparecía tras las sierras, el sol que pintaba de azul los amaneceres y el río lucía más hermoso que siempre.

En minutos,  escombros  y el vacío.Cómo si jamás hubiera existido. El progreso nos está costando demasiado a quienes amamos este lugar.

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