No fue un suicidio

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Por Luis Rodeiro

Soy, Roberto Oscar. Tengo 91 años y estoy cansado de luchar. Creo que tengo un pariente lejano en Inglaterra, que se llama …… Estoy muerto, bien muerto. Van a decir que un suicidio, pero es mentira. El sistema que desprecia los viejos, que nos avasalla, que afecta nuestra dignidad, me puso el arma en mi mano y disparó, sin contemplaciones. No fue suicidio. No. Me mataron. Me llevaron año tras año, día tras día, a la muerte lenta, pacientemente insensible. Estaba muerto, antes que saliera el tiro, como miles y miles de viejos que están muertos sin que nadie se entere. El sistema y los que lo dirigen me llevaron al cansancio moral, hicieron polvo mi lucha por sobrevivir, con su indiferencia, contra sus trabas infernales, con su burocracia de papeles, sus accesos digitales, sus requisitos imposibles, sus idiomas extranjeros –al manos para mi- su vuelva mañana, su falta la copia, se venció el plazo sobre el que no me informaron, tiene que digitalizarse, sin teléfono celular no puede entrar al sistema informático. Tiene que presentar otra vez el acta matrimonial de hace 40 años, tiene que asegurarme que su mujer no resucitó en todo esos años. No fue suicidio. Me mataron. Si hay una voz que me recuerde, que se haga solidario, dirán cómo pueden hacer política con la desgracia, con el dolor. Ellos hacen política con la desgracia, con el dolor, todos los días, la política de matar en vida a los más débiles, minar sus fuerzas, provocar el cansancio, el sentimiento de la inutilidad de la lucha. Ellos pusieron el arma en mi mano. Ellos la cargaron con su indiferencia y desprecio. No fue suicidio. No. Tendría que haber escrito en las paredes, con aerosol negro y letras gruesas: El neoliberalismo mata.

 

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