A 18 años de ese “11-S”

El terror tras el ataque a las Torres Gemelas y el Pentágono

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Por Marcelo Taborda. Periodista

Dieciocho años han pasado desde aquella mañana apacible en la que dos aviones se incrustaron en las Torres Gemelas de Nueva York, uno más contra el Pentágono, en Washington, y otro fue estrellado por pasajeros rehenes cerca de Pensilvania.

Hasta entonces, el 11 de septiembre nos remitía en Argentina a la recordación de Domingo Faustino Sarmiento y a una celebración en homenaje a maestras y maestros. También nos provocaba un cercano escozor por el recuerdo del artero ataque al Palacio de la Moneda, que en 1973 se llevó la vida de Salvador Allende y de la democracia chilena.

Desde 2001 en adelante, el 11 de septiembre se convirtió en ese “11-S”, el día en que un hecho conmocionante a nivel global transformó a George Walker Bush de un gris y mediocre mandatario estadounidense en un “presidente en guerra”; una guerra interminable y difusa que la Casa Blanca dio por iniciada en el mundo entero.

La “Doctrina para el Nuevo Siglo Americano”, prohijada por los halcones de Washington, halló el disparador ideal en la tragedia del 11-S y Afganistán no tardó en convertirse de la primera víctima de la “venganza”. Los talibanes que protegían a Osama Bin Laden fueron el blanco usado como excusa, y viceversa. Pero el disidente saudí que dirigía a la red Al Qaeda no aparecería sino hasta cerca de una década después, cuando en tiempos de Barack Obama como jefe de Estado y Hillary Clinton como responsable de la política exterior norteamericana, el barbado líder fundamentalista fue abatido en la frontera entre Pakistán y su vecino afgano.

Sin embargo, ni la muerte ni la captura de los presuntos autores materiales e intelectuales del 11-S, ni los vuelos secretos y las torturas de la CIA, ni el limbo jurídico de los prisioneros de Guantánamo, aventaron la amenaza de un terrorismo con declamado signo islamista o de un fundamentalismo en el que la Casa Blanca tuvo mucho que ver.

 Huevos y serpientes

Y es que así como Al Qaeda tuvo su génesis en el apoyo logístico y el diseño que la CIA dio a una milicia de muyahidines para que le fuera funcional en su disputa contra la ocupación soviética de Afganistán, el bombardeo y la posterior invasión a Irak, amparados en las noticias falsas sobre armas de destrucción masiva en manos de Saddam Hussein, también dejaron un legado siniestro.

La profecía del entonces presidente egipcio Hosni Mubarak, acerca de que las bombas lanzadas contra Bagdad y todo Irak gestarían no uno sino cientos de nuevos Bin Laden en la región  no tardó en hacerse realidad.

Primero fue el jordano Abu Musab Al Zarqawi, quien lideró “Al Qaeda en Irak”. Y a la muerte de éste, el nombre del teólogo Abu Bakr Al Bagdadi fue el que trascendió al frente de un grupo que ganó triste fama como Estado Islámico en Irak y el Levante. Aunque su sigla en inglés sería la que habría de convertirse en sinónimo de terror y brutalidad sin límites: ISIS.

La combinación de operaciones militares en Irak y Siria (donde autoproclamó su Califato), con una mediática y cinematográfica puesta en escena de sus acciones más cruentas expandió el terror desde las zonas de conflicto bélico de Mosul o Al Raqqa hacia Occidente, que vio llegar el espanto hasta sus calles.

Los atentados –que eran moneda corriente en Aleppo o cualquier ciudad siria, o en la Libia atomizada y caótica tras el linchamiento con guiño europeo de Muammar Khadafi–,  golpearon sucesivamente a París, Bruselas, Londres, Berlín, Marsella, Estocolmo o Barcelona…

El miedo a tener en la puerta de sus casas la destrucción y la muerte que cientos de miles de personas viven desde hace años en zonas rojas de Asia o África acentuó una xenofobia de la que políticos de derecha y oportunistas sin escrúpulos supieron sacar rédito.

El Frente Nacional de Francia, la Liga Norte italiana, la ultraderecha alemana y hasta los neofascistas de Vox en España son el espejo europeo de la intolerancia que hizo presidente a Donald Trump en Estados Unidos, o  a Jair Bolsonaro en Brasil.

 Terrores ajenos y propios

Una constante, entre tantas, es que la resonancia que tuvo el terror fundamentalista originado en Medio Oriente –al que políticos occidentales usaron a su favor en campañas proselitistas– fue mucho mayor a la de los golpes y matanzas causados por ultraderechistas o supremacistas blancos, que agitaron sus ideas misóginas, homófobas, islamófobas o racistas contra dos mezquitas de Nueva Zelanda, un Wall Mart en la frontera estadounidense con México, o en un recital de música country en el corazón de Las Vegas.

A este tipo de terror interno, ejecutado por otra clase de “lobos solitarios”, y replicado en Internet como si fuera un videojuego macabro, no parecen considerarlo tan peligroso.

Las armas, que en Estados Unidos se venden como golosinas, son tanto o más letales que en aquellas masacres que tan crudamente retratara Michael Moore en su Bowling for Columbine. El terror interno tiene otro tratamiento y condescendencia. El lobby  de la Asociación Nacional del Rifle se prepara con miras a los comicios de 2020, donde Trump, su muro fronterizo, su desdén por el cambio climático, su abandono del “Acuerdo Nuclear 5 más 1” de las grandes potencias con Irán, tendrán banca y fondos.

Dieciocho años después de ese 11-S el mundo no ha hallado respuestas a profundas desigualdades, enfrentamientos y urgencias que, en muchos casos, parecen agravarse. La migración de millones de personas y lo que ello genera son apenas un síntoma de inestabilidad o endeble equilibrio. Una precaria y selectiva paz que cada tanto alimenta fanatismos y convierte al terror en moneda de cambio corriente.

 

 

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