Hace tiempo que el tiempo dejo de pertenecernos. Siempre reflexiono sobre esta cuestión y me pregunto que pasó con el tiempo, que antes parecía que nos sobraba y ahora parece ser algo tan escaso. Los tiempos han cambiado, eso no es ninguna novedad, pero cuesta creer que nos hayamos dejado robar lo más preciado sin siquiera darnos cuenta. El tiempo, muchos me dirán, que es algo subjetivo y que es imposible hacerse de él. Yo creo que es todo lo que tenemos en esta vida terrenal. Tanto que hasta nos hace entrar en constante contradicción con nosotros mismos. ¿Que pasó con ese tiempo que supo dejarnos jugar hasta el cansancio o nos permitió mantener una charla por toda la eternidad?

Con mucho o poco, espero nos sigamos dando esos regalos impagables que es brindarle nuestro tiempo a otros, para una charla, un silencio o una mirada. Después de todo, es lo único que brindamos y que nunca recuperaremos, por lo tanto, es el regalo más desinteresado que damos.

Apelo a los que saben y les comparto dos textos. Uno del orden filosófico, de San Agustín y el otro de una grande de la literatura argentina, que tranquilamente podemos también catalogarla de sabia. Espero lo disfruten.

Pero, ¿qué cosa es el tiempo? ¿quién podría fácil y brevemente explicarlo?¿Quién es el que puede formar idea clara de lo que es el tiempo, de modo que se le pueda explicar bien a otro? Y por otra parte, ¿qué cosa hay de más común y más usada en nuestras conversaciones que el tiempo? Así entendemos bien lo que decimos, cuando hablamos del tiempo, y lo entendemos también cuando otros nos habla de él.

Pues, ¿qué cosa es el tiempo? si nadie me lo pregunta, o lo sé para entenderlo; pero si quiero explicarlo a quien me lo pregunte, no lo sé para explicarlo. Pero me atrevo a decir que sé con certidumbre que si «ninguna cosa» pasara, no hubiera tiempo pasado, que si ninguna sobreviniera de nuevo, no habría tiempo futuro, y si ninguna cosa existiera, no habría tiempo presente.

Pero, aquellos dos tiempos que he nombrado, pasado y futuro, ¿de qué modo son o existen, si el pasado ya no es y el futuro no existe todavía? Y en cuanto al tiempo presente, es cierto que si siempre fuera presente y no se mudara ni se fuera a ser pasado, ya no sería tiempo, sino eternidad. Luego, si el tiempo presente, para que sea tiempo, es preciso que deje de ser presente y se convierta en pasado, ¿cómo decimos que el presente existe y tiene ser, supuesto en que su ser restriba en que dejará de ser, pues no podemos decir con verdad que el presente es tiempo, sino en cuanto camina a dejar de ser?

San agustín

 

De mis tiempos” –

En mis tiempos había tiempo.
Recuerdo bien que por ejemplo
la higuera derramaba esparcimiento
y una rosa nos duraba
mucho más que cualquier empleo.
Por otra parte las siestas
se pedían prestadas a la muerte.

Quizás el tiempo era como las frutas,
se regalaba a los vecinos
después de verlo madurar.
Se compartía en las veredas,
entre abanicos y señores
de sosegada camiseta,
mientras parsimoniosamente
iban escobas y venían
amontonándolo como importante.
Y la eternidad, sentadita
en su silla de paja, porque sí.

Es que era siempre tan temprano
y tan segura la abundancia,
la inundación de treguas oportunas,
que se guardaba el tiempo en los sombreros
y un día se lo derrochaba todo
en un solo saludo, saludando.

Uno viajaba en libro a todas partes
y visitaba diferentes ocios:
el de al lado, el de enfrente, el de las tías.
No se había inventado
el maleficio de la prisa, no.
De ninguna manera. Los espejos
esperaban de sobra
que uno peinara su pausado pelo,
que uno se terminara de encontrar.

El tiempo era un perfume y no venía
nadie a medirlo ni guardarlo en cajas.
Los trenes todo lo que hacían
era aludirlo en los horarios.

Se podía llorar a gusto
porque eran lentos los rincones,
o quizás porque había aún macetas
donde depositar una lágrima
sin que las flores se opusieran.
O porque la llovizna hablaba
en un idioma sin resentimiento.

Todos usaban tiempo y lo perdíamos,
cómplices de su lujosa concurrencia,
y hasta el hastío
era un modo de ser de los balcones
que enternecía delicadamente.

Creo que todavía queda un poco
de tiempo verdadero, pero lejos.
Pero muy lejos, en algunos patios,
refugiado en aljibes.
Se queda todavía en niños solos
que reinan sobre umbrales
y en la lustrada majestad del gato.
Supongo, ya no sé, nada sabemos.

Tiempo sin ser castigo.
Yo llegué a conocerlo: está enterrado
en lo más vivo de mi corazón.

María Elena Walsh

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