Se levantan cansados; la rutina marca un horizonte inmediato y a la vez fugaz. Un horizonte que les han enseñado a visualizar como una meta. Cómo saben, donde hay una meta hay una carrera y dónde hay una carrera hay individuos intentando ir uno más rápido que el otro.

En épocas pasadas, en el inicio del capitalismo, los dispositivos de poder social eran mucho menos sutiles; usaban más la fuerza, la crueldad era visible en la acción correctiva violenta. Hoy, aunque esa violencia se sigue ejerciendo, una hermana de ella se ha asentado como hegemónica; la autoexplotación.

Desde que son pequeñas y pequeños les cuentan un relato que comienza a condicionarlos, un discurso invisible, normalizado, cultural; el capitalismo les construye. En el colegio los preparan de forma práctica, pragmática, son mano de obra, engranajes; no hay tiempo para la reflexión larga y tendida. Han perdido parte de la capacidad de entender procesos, de relacionar dimensiones, de dialogar, de pensarse y de pensar al semejante, y eso hace mucho más difícil que sigan un rumbo.

No hay tiempo. Desde niños viven luchando contra el tiempo en una cultura que les enseña a correr mucho con un único objetivo: ganar. Un relato cruel, pues solo les enseñan a vencer en un sistema donde son perdedoras y perdedores de nacimiento. Los que pierden hoy en día también llegan a perderse a sí mismos, con el fin de encontrarse buscan siempre subir el peldaño siguiente, pero ese peldaño retrocede a cada pisada sólida. Buscan siempre encontrar a través del individualismo más desgarrado un sostén vital que solo encontrarán en lo comunitario, pero eso no se lo han enseñado.

A las y los perdedores se les reconoce porque duermen en cuclillas, a veces están cansados del trabajo, del colegio o del instituto. Están cansados de no poder ser triunfadoras, ganadores y las primeras de su promoción. Pero lo que suelen olvidar es que tienen cuerdas en los brazos; nudos rígidos que heredan de su familia, de su género, de su etnia. Unos nudos que arrastran pesados por las calles de lunes a domingo. Los ganadores los ven más fácilmente que ellos mismos, ríen con malicia, pero no porque hayan ganado, ríen porque ellos mismos hace mucho rodearon minuciosamente las cuerdas alrededor de los brazos de los perdedores y ataron a conciencia esos mismos nudos que ahora se han vuelto invisibles para las amordazadas y amordazados del mundo.

“Ante este mundo de ganadores vulgares y deshonestos, de prevaricadores falsos y oportunistas, de gente importante que ocupa el poder, de todos los neuróticos del éxito, del figurar, del llegar a ser. Ante esta antropología del ganador de lejos prefiero al que pierde”.

     -Pier Paolo Pasolini

SI

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