Hoy se celebra el Día Internacional del Libro, que es una conmemoración celebrada cada 23 de abril a nivel mundial con el objetivo de fomentar la lectura, la industria editorial y la protección de la propiedad intelectual por medio del derecho de autor. Desde 1988, es una celebración internacional promovida por la UNESCO. El 15 de junio de 1989 se inició en varios países, y en 2010 la celebración ya había alcanzado más de cien.

Se trata de un día simbólico para la literatura mundial, ya que ese día, en 1616, fallecieron Cervantes, Garcilaso de la Vega y Shakespeare (Cervantes en realidad murió el 22, pero fue enterrado el 23, y en cuanto a Shakespeare, ese 23 de abril corresponde al calendario juliano, vigente aún en la Inglaterra isabelina). La fecha también coincide con el nacimiento o la muerte de otros autores prominentes, como Maurice Druon, Haldor K.Laxness, Vladimir Nabokov, Josep Pla, Manuel Mejía Vallejo y William Wordsworth. El Día Internacional del Libro se creó en honor a estos autores fallecidos.

Si bien hoy debemos debatir acerca del alcance que tiene el acceso a la lectura, en primer lugar, y quienes deben garantizar ese acceso a todos los ciudadanos. También es imperioso no dejar de lado el acceso a las tecnologías, debido a la posibilidad que hoy en día existe gracias a estas herramientas que nos proponen bajo un uso consciente, la posibilidad de acceder a material que de otro modo seria inalcanzable.

Por otro lado, no puede dejarse de lado, la gestión cultural que deben garantizar las localidades de la región, bajo un compromiso insoslayable, parte del acuerdo social de una gestión política.

Ahora también, nos vemos inmersos en un orden que atenta contra el libre acceso a la información y por ende a la totalidad del mundo del libro en todos sus formatos.

Por esto en el marco de la tensión cultura/comercio que transforma el mundo del libro en la globalización, este artículo busca poner en relieve el carácter público de la cultura del libro y cómo el movimiento de editores independientes –en su resistencia al dominio de la lógica comercial en el ámbito cultural– potencia la democratización del libro y una democracia activa y participativa.

En sociedades donde se ha sacralizado el dominio de la propiedad privada y el mercado, no es de extrañar el surgimiento de movimientos que buscan recuperar y repensar el rol del libro y la lectura, destacando el valor cultural del acceso a estos, por sobre su carácter comercial, poniendo el acento en el compromiso con la cultura del libro como un bien público. Las tensiones entre comercio y cultura que se expresan en los desafíos de la edición independiente tienen uno de sus principales focos en el rol que asumen los editores independientes en el espacio público y, en particular, en su compromiso con lo público, aunque parezca una contradicción, son quienes defienden en primera instancia el estimulo de políticas de desarrollo en este sentido, aunque uno podría colocarlos en frente de la discusión.

Estados presentes que fijen un horizonte y determinen políticas sostenidas en el tiempo, en sentido de garantizar espacios culturales, tanto privados pero también públicos, defienden derechos ciudadanos, básicos para el desarrollo de cualquier sociedad. Subvirtiendo el rol comercial que se le asigna al quehacer editorial, poniendo énfasis en el sello cultural de este quehacer, la prevalencia del rol social del libro y la lectura por sobre su carácter comercial, puede crear el ambiente propicio para generar nichos desarrollistas. Parte importante de los objetivos que se dan en las redes y organizaciones de editores independientes tiene que ver justamente con salvaguardar un frágil ecosistema –el del libro–, que no puede quedar subsumido solamente a las lógicas comerciales. Concentración, privatización, mercantilización son fenómenos que no se llevan bien con el desarrollo y la diversidad cultural.

Algo de esto señala el director de la Biblioteca de Harvard, Robert Darnton en su “Apología del libro”: “nuestra república (EE.UU.) se construyó sobre la fe en un principio central de la república de las letras: la difusión del saber (….) Los padres fundadores reconocían el derecho de los autores a una justa retribución por su trabajo intelectual, pero afirmaban la preeminencia del interés general sobre el interés privado (…) Si aplicáramos la sociología del saber al presente –tal como Bourdieu lo hizo–, constataríamos que vivimos en un mundo concebido por un Mickey Mouse sin Alma” (Darnton, 2011, p. 162).

Ahora ante todo esto, volvemos a preguntarnos, ¿Cuál es el rol que debe cumplir la Cultura en nuestras comarcas?¿Debemos entregarnos a las lógicas comerciales que mide su calidad por su precio? Entender la lógica mercantilista como barrera de acceso a la cultura, es no entender la dinámica de los pueblos y desconocer de primera mano el valor existente que radica en los barrios.

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