Se puede decir con justicia que la educación pública, universal y gratuita desde fines del siglo XIX ha sido uno de los principales factores -sino el principal- que han hecho de la Argentina lo que es.
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Y no es solamente por su función decisiva en integrar y nacionalizar a los «nuevos argentinos», los hijos de los inmigrantes que entonces -como en ningún otro país en el mundo- sumaban entre un tercio y la mitad de sus habitantes.
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Más importante todavía, contribuyó a infundir en nuestra sociedad un talante más igualitario y democrático, más abierto a la movilidad social, que en los otros países latinoamericanos.
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La excelencia de científicos y técnicos, y de las científicas y las técnicas -no es la «corrección política» lo que obligue a resaltar esto, por cierto- en muchas disciplinas, reconocida entre nosotros y aún más en el exterior, es una herencia de la educación pública.
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Todo esto es cierto. Y es citado por los defensores de la escuela pública. Pero es una defensa inadecuada la que no reconoce su crisis actual.
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Alieto Guadagni, director del Centro de Estudios de la Educación Argentina (CEA) de la Universidad de Belgrano, es considerado -también con justicia- un defensor de la educación privada. Que no es accesible a todos, por supuesto; y que, en su conjunto, en el nivel universitario, está lejos de alcanzar el nivel de las universidades públicas.
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Pero eso no niega los números que ha publicado en estos días, basado en la última información disponible del Ministerio de Educación.
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«De los 631.719 alumnos que comenzaron primer año del colegio secundario en 2014, sólo 366.137, es decir el 43,2%, lo finalizó seis años después, en 2019″.
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Continúa diciendo Guadagni: «Si bien la cifra ya es elocuente sobre los problemas de la escuela media en nuestro país, esto se acentúa al tomar en cuenta que las escuelas secundarias de gestión privada graduaron, en el período analizado, al 63,8 por ciento de sus alumnos, mientras que el sector estatal lo hizo apenas con el 36,1 por ciento. Es el verdadero mapa de la desigualdad educativa».
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“A pesar de que la matrícula de nuestro nivel secundario creció, como también lo hizo la cantidad de egresados, es necesario que ese crecimiento sea equitativo y no distinga por el nivel socioeconómico de nuestros estudiantes”.
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«Incluso, el análisis difiere cuando se enfoca en cada uno de los distritos de nuestro país. Por ejemplo, La Rioja graduó al 58 por ciento de sus alumnos secundarios en el lapso estudiado; la ciudad de Buenos Aires lo hizo con el 54 por ciento, y San Luis, con el 52 por ciento. Mientras tanto, en Santa Fe esa cifra fue de apenas 31 por ciento; en Santa Cruz, de 35 por ciento, y en Salta, de 36 por ciento».
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«Si se presta atención a las cifras relativas a los diferentes sistemas de gestión, es notable que, en todas las jurisdicciones, las escuelas de gestión privada muestran una mayor relación entre graduados secundarios e ingresantes, respecto de las escuelas de gestión estatal».
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Negar estas realidades diferentes, en el nivel secundario, no es «defensa de la educación pública». Es negar un hecho evidente porque es políticamente incómodo. Y no es sólo un problema de presupuesto.
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Además, señalamos que tenemos que enfocar también la desvalorización paulatina que va sufriendo entre nosotros la educación universitaria.
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Atención: todavía es una herramienta de movilidad social. En las nuevas universidades -en particular en el conurbano bonaerense- puede observarse que muchos alumnos son los primeros en sus familias en llegar a ese nivel. Pero, en conjunto, no ocupa en nuestra sociedad el lugar que ocupaba.
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Estos son los datos que apunta el economista Santiago Bulat«En primer lugar está el deterioro del grado de alcance de estudios universitarios. En la región, nuestro país es el que tiene mayor cantidad de adultos de 45 a 64 años con estudios universitarios o terciarios.
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Sin embargo, si se mira al grupo de quienes tienen entre 35 y 44 años, quedamos en segundo lugar y cuando se analiza el rango 25 a 34 años, la Argentina queda entre los últimos puestos».
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Para defender la educación pública, y la educación a secas, es necesario asumir que tenemos problemas.

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