Mónica Manriqe

El domingo 4 de junio, en San Antonio de Arredondo, fue un día de gloria. La parrilla Martín Fierro, el único lugar en la comarca del sur de Punilla que congrega tantos y talentosos músicos de la mano del Negro Valdivia, se llenó de almas que se acercaron de todo Córdoba, para escuchar a este dúo cuyano, los Orozco-Barrientos.

Las sorpresas estaban esperando. “Los Ojos de los niños”  cuando el mundo los disfraza de cautivos,  inspirada en la obra Bagualín de Orozco – Barrientos,  donde el Chuzo González Quintana, Federico del Prado y Paola Bernal, le pusieron arte, música y poesía.

De a poco fueron llegando los autoconvocados a la fiesta popular de la canción.  Primero estuvieron los nuestros, los locales, Sonamos, que cada día suenan mejor, con un repertorio impecable. Trival, este dúo que suena como los dioses, hicieron de las suyas, como siempre, para meternos las canciones en el alma y acompañarlos, desde las palmas. Promediando la tarde, estos cuyanos, los Orozco -Barrientos, con sus músicos y compañía que comían en la mesa del lado, destilaban una fuerza atronadora, enredada en risas y complicidades, lo que se puso de manifiesto arriba del escenario.

El Raúl Tilín Orozco y Fernando Barrientos, aterrizaron por San Antonio en un Encuentro Nacional de Cultura y se tuvieron que quedar  15 días por una neumonía. El Negro los alojó en su casa, y allí, entre pañuelos, fiebre y mocos nació El Celador de Sueños.

Desde 2003 su carrera fue en ascenso permanente, desde en que juntaron en Mendoza, su provincia, como jugando, disfrutando y gozando su creaciones incipientes.

De las tonadas, cuecas, combinando rock argentino y trova, nació esta fusión única que no dejó pasar Gustavo Santaolalla, el mejor productor internacional, quién los produce desde entonces.

Ganaron el festival de Viña del Mar en 2003, y tuvieron su Gaviota de Plata, y con León Gieco, sumaron espacios inmensos, al igual que con Mercedes Sosa.

Acá regreso a mi tierra. El primer trabajo discográfico fue Celador de Sueños, germinado en nuestro pueblo. Todos los grandes han interpretado sus temas, lo que podría convertirlos en soberbios e intocables. Pero no, el dúo disfruta de su trabajo. Se ríen, juegan como niños en una puesta semi armada que cambian por escenarios, entre chascarrillos y canciones que sólo se pueden escuchar, para que el mundo quede afuera y solo nos entre despacito por los oídos, la piel y demás sentidos.

Entre brindis y brindis, sigue intacto,  su compromiso entrañable con los afectos y el profesionalismo que sostienen a través del tiempo. Y los tuvimos acá, cerquita, al lado, y fueron uno más de nosotros, que es lo que los grandes hacen. “Nosotros, somos los otros, los otros, que nos dan plena existencia”

 

Fotografías: Germán Gallo

 

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