Es un título barroco, para un posteo que quiero sea concreto y claro. Éste surge de un intercambio que tuve hace pocos días con un economista brillante y activo (al menos en twitter 😉 ).

@Musgrave cuestionó a los que «militan la Devaluación» de Este Lado (se asume que del Otro Lado van a militarla, porque son Malos). Sin discutirle las premisas -es difícil hacerlo en twitter- le señalé la diferencia entre «militarla» y «considerla inevitable». Seguimos el intercambio por DM, y fue enriquecedor. Hasta llegamos a un acuerdo, parcial: el desafío a encarar no pasa por discutir si devaluar o no, sino por parar la inflación. Y una devaluta, por definición, hace que se paguen más pesos por los productos e insumos que se importan…

Desde ese marco básico, voy a los hechos. El gobierno está devaluando ahora un 7% mensual. Un poquito más que el índice de inflación, o al menos eso espera. Y aún así, corre de atrás a los tipos de cambio legales, semilegales e ilegales que pagan los que quieren «salirse» del peso, de los fondos que tienen o ganan en la moneda nacional.

Un sector de la coalición oficialista, mucho más presente en las redes sociales que en las decisiones oficiales, dice que los que aumentan precios son los empresarios. Seguro que no son los clientes, ni los trabajadores. Entonces, la solución debe pasar por combatir esa especulación. No comentan cuando quien aumenta es una empresa del Estado: por ejemplo, YPF y los combustibles.

Vale la pena debatirlo en forma un poco más extensa, sin embargo. Porque la tendencia natural de los empresarios -ya lo señalaba Adam Smith, no estatista él- es aumentar su margen de ganancia. Si no lo hacen, dejan de ser empresarios y llevan su dinero afuera. Y es cierto que el Estado debe (tratar de) controlar los precios de los «monopolios naturales» (leé este concepto en los libros de economía, Javier), donde no pueden aparecer rápidamente otros proveedores. El caso clásico es la distribución de gas y electricidad. En casi todos los países que no son «estados fallidos» los controla o supervisa el Estado.

Pero tratar de controlar todos los precios de la economía, o aún «solo» de los artículos de consumo masivo… Hubo un intento consistente y continuado de hacerlo durante casi 7 décadas, en la ex Unión Soviética, y terminó mal. Y eso que tenía un aparato de control y represión mucho más eficiente que cualquier gobierno argentino pueda o deba aspirar a tener.

En nuestra propia historia, Juan Domingo Perón, gobernante ejecutivo si los hubo, consideró necesario lanzar en 1952 la lucha «contra el agio y la especulación» y un plan antiinflacionario estricto.

El objetivo de cualquier plan -de un conjunto coherente de medidas antiinflacionarias- debe ser, entonces, llevar a la economía de un país a un estado que llamamos «normal», donde los precios no aumentan porque «todo aumenta», donde no hay «inflación inercial», y los aumentos de precios se deben a aumentos en los costos de producción o a abusos de posición monompólica (que existen, eh).

Por qué en Argentina esto es especialmente difícil tiene que ver con razones de índole social y política que debo tratar en otro posteo (?). Aquí, enfrento una cuestión más limitada y concreta ¿se puede detener, o aún moderar en forma importante la inflación, cuando hay múltiples tipos de cambio? Creo que la respuesta es NO.

No voy a intentar -no podría hacerlo, no creo que por haber leído algunos libros de economía sea un teórico del nivel de Marshall o Keynes, que es lo que se necesitaría para demostrar que en ningún caso puede haber estabilidad de las variables económicas con un sistema de múltiples tipos de cambio. Para lo que nos interesa, es mucho más fácil demostrarlo en el caso argentino.

Por qué la percepción de los actores económicos, los que mueven fondos o hacen inversiones, grandes o pequeñas, es que el «verdadero» valor del dólar, como de cualquier otra divisa, es el del «dólar blue», clandestino, o el dólar CCL, legal, o cualquier otro de los «dólares fuga», los que se usan para sacar fondos de la vista de las autoridades impositivas o del país.

Y esto no se debe a alguna perversión psicológica, sino a la experiencia de todos, aún en los niveles de bajos ingresos. Porque para ahorrar en pesos es necesario contar con un asesor financiero «full time», que elija donde depositar fondos con mejor interés y menos riesgos. Cualquiera ahorra en dólares, aunque sean pocos: No hará un gran negocio, pero conserva (casi todo) el valor.

Además, estamos en una economía bimonetaria, parcialmente dolarizada. Los inmuebles se compran y venden en dólares billete -«cara grande», se aclara- y hasta los precios en las vidrieras de las inmobiliarias están en dólares…

En una situación como ésta, tener un tipo de cambio oficial -el tipo de cambio con el que se mueve el comercio exterior -o sea, la inmensa mayoría de los movimientos de divisas– de $ 164, si el «dólar billete» se vende a $316 -los precios con los que comienza esta semana- el Banco Central -o sea, todos nosotros- está otorgando un subsidio para importar productos o servicios de 121% respecto al tipo de cambio oficial mayorista; y más de 109% en relación al minorista.

Esto es teórico: la realidad es mucho más complicada, y hasta se puede argumentar que el subsidio hoy es «sólo» del 52%. Pero no es de extrañar que la vicepresidenta haya hablado de «festival de importaciones». Tampoco que haya que poner restricciones, y «cepos», para evitar que todos aprovechemos el dólar oficial, «barato». Lo único curioso es que algunos pueden creer sinceramente que se puede mantener esta situación y aún así proteger la producción nacional.

La consecuencia es que la mayoría de las actividades necesitan algún tipo de subsidio para mantenerse. Hasta para el cultivo que en las últimas décadas ha vuelto a convertir a Argentina en un jugador de peso en el mercado internacional hubo que inventarle uno. Lo llaman «dólar soja».

Tengo claro que estoy simplificando mucho. Vuelvo a repetir: la realidad es siempre más complicada. No mencioné el papel de la evasión fiscal, por ejemplo. O de las «cadenas de valor» que se desarrollan con el objetivo principal de evitar impuestos o controles.

Pero cualquiera que examine los números en serio, encuentra que las distorsiones que provoca la existencia de distintos tipos de cambio con brechas tan grandes entre ellos, han destruido el sistema de precios, en su papel de referencia para la inversión y la planificación,. tan completamente como en la vieja Unión Soviética. Sin pasar por el socialismo, eso sí.

¿Entonces, qué? Quisiera estar equivocado, pero no puedo evitar pensar que es una situación insostenible. El «decisionismo» de Massa, su disposición a aceptar soluciones de compromiso, son preferibles a la inacción, pero no resuelven el problema. Vale preguntarse, también, si el gobierno actual tiene el poder político para tomar la decisión de «racionalizar» el sistema cambiario. Que inevitablemente significará un salto en el valor del «dólar oficial». La devaluación tan temida…

A la vez, eso marca la conveniencia imperiosa para el próximo gobierno, cualquiera sea, de tomar esa medida antes que su poder, a la vez, se licúe. Si no tiene la «suerte» que el gobierno actual cargue con el fardo.

Por eso, querido @Musgrave, amigos y amigas varios, creo que una devaluación del tipo de cambio oficial es necesaria e inevitable. Lo racional y humano sería planear con anticipación, y con acuerdos discretos, las medidas para evitar en lo posible los perjuicios a los sectores más vulnerables y a la producción. Pero planear lo racional y humano no es fácil en una sociedad polarizada…

EBA

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