Leyendo un clásico de todos los tiempos con mis hijos, como lo es El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry, y que a mí criterio debería ser de lectura obligatoria a lo largo de todos los niveles educativos, por su riqueza y sus mensajes que uno puede interpretar a lo largo de toda la vida, como pasa con todo los buenos libros, me encontré en una de las partes más lindas que trata el tema de los rituales. Específicamente cuando conoce al zorro, y este le enseña lo que es la “domesticación” y lo que en definitiva es un ritual de comunicación entre dos seres que “crean lazos”, como lo dice el propio animal. Más allá del extraordinario relato y todo lo que nos genera un buen libro, inmediatamente me hizo acordar al filosofo surcoreano Byung – Chul Han, que hace un extenso análisis de la temática de los rituales, como al igual que en El Principito, se torna crucial la creación de una cultura que nos abrace a todos y sepa contenernos y a la vez sea pasible de poder ser continuamente sostenida por el conjunto. Paso a hacer un breve resumen de la obra del filósofo y su mensaje para su entendimiento.

(La desaparición de los rituales – Byung – Chul Han*)

Byung-Chul Han lleva a cabo en su libro una amena y elocuente disección de lo que él mismo llama una de las patologías del presente: la desaparición de los rituales. Los ritos son acciones simbólicas que unen a los individuos sin necesidad siquiera de mediar palabra: comunidad sin comunicación. Mientras que los ritos cumplen una función fundacional y cohesionadora, pues “transmiten y representan los valores y órdenes” que mantienen unida y entrelazada a una sociedad, el autor surcoreano asegura que, por el contrario, lo que hoy predomina es una comunicación sin comunidad. Por tanto, se ha inaugurado la peligrosa imposibilidad de relacionarse a través del mutuo reconocimiento previo. Y ello porque, entre otras razones, los seres humanos se han convertido en cosas: un producto más con el que mercadear.

Desde antiguo, el símbolo sirvió, precisamente, para re-conocerse. La palabra viene del griegosymbolon, que originariamente significaba “contraseña” y unía a las gentes entre sí: “Uno de los huéspedes rompe una tablilla de arcilla, se queda con una mitad y entrega la otra mitad al otro en señal de hospitalidad”, recuerda Han. En ese mutuo reconocimiento de los que se consideran iguales ante las leyes se juega gran parte de nuestra capacidad para crear nexos cercanos y sinceros entre individuos que, en un principio, podrían resultar extraños o, incluso, hostiles.

La depresión no se produce en una sociedad definida por rituales. En ella el alma está totalmente absorta, incluso vaciada, en formas rituales. Los rituales contienen mundo. Generan una fuerte referencia al mundo. La depresión, por el contrario, se basa en una referencia hiperbólica a sí mismo. Al verse totalmente incapaz de salir de sí mismo y pasarse al mundo, uno se encapsula en sí mismo. El mundo desaparece (…) Los rituales, por el contrario, exoneran al yo de la carga de sí mismo”.

Han nos alerta: si la percepción simbólica hace que podamos distinguir y apreciar el elemento duradero en las relaciones humanas, y si corremos el riesgo de perder tales ritos, mucho de nuestro mundo se perderá con ello. Los ritos hacen posible que el tiempo sea habitable, que no todo se escape de entre las manos como arena de playa, y transforman el aséptico “estar en el mundo” en un cómodo y enriquecedor “estar en casa”: es así como la existencia se convierte en vida. Vida siempre compartida. “Los rituales dan estabilidad a la vida”, apunta Han, y hacen que nuestra biografía pueda engarzarse con las de otros.

El objetivo prioritario del individuo contemporáneo es el de pasar su tiempo realizando actividades que no alteren el estado normal e inercial de su conciencia, de manera que no molesten, que no requieran reflexión, meditación: un alto en el camino. Y ¿qué otra cosa es la filosofía sino la creación de esos imprescindibles paréntesis? Nos hemos transfigurado en “sujetos de rendimiento” que creen vivir en libertad, aunque la realidad es muy distinta: nos hallamos tan encadenados como Prometeo, figura programática de la sociedad del cansancio.

También los valores sirven hoy como objeto del consumo individual. Se convierten en mercancías. Valores como la justicia, la humanidad o la sostenibilidad son desguazados económicamente para aprovecharlos: “Salvar el mundo bebiendo té”, dice el eslogan de una empresa de comercio justo. Cambiar el mundo consumiendo: eso sería el final de la revolución. También los zapatos o la ropa deberían ser veganos. A este paso pronto habrá smartphones veganos. El neoliberalismo explota la moral de muchas maneras. Los valores morales se consumen como signos de distinción. Son apuntados a la cuenta del ego, lo cual hace que aumente la autovaloración. Incrementan la autoestima narcisista. A través de los valores uno no entra en relación con la comunidad, sino que solo se refiere a su propio ego.

Uno de los grandes males de nuestra época, el extremo y enfermizo narcisismo, acompañado de la mercantilización de las relaciones humanas, mecanismo que, a la vez, nos asemeja cada vez más a los objetos, como si fuéramos piezas intercambiables que se metamorfosean en despiadados y deshumanizados “recursos humanos”.

La desaparición de los rituales acaba con lo duradero, con los lazos que nos unen de manera indeleble a través de la frágil línea del tiempo, y que nos recuerda que somos capaces de forjar relaciones que sobrepasen el ámbito material. Por contrapartida, “el régimen neoliberal fuerza a percibir de forma serial e intensifica el hábito serial. Elimina intencionadamente la duración para obligar a consumir más. El constante update o actualización, que entre tanto abarca todos los ámbitos vitales, no permite ninguna duración ni ninguna finalización. La permanente presión para producir conduce a una pérdida del hogar. A causa de ello la vida se vuelve más contingente, más fugaz y más inconstante. Pero morar necesita duración”.

* Byung Chul-Han (Seúl, Corea del Sur, 1959) es uno de los más prestigiosos críticos de la actualidad y uno de los autores de filosofía más leídos tanto a través de sus libros como de sus opiniones o en las contadas entrevistas que concede. Estudió Filosofía en la Universidad de Friburgo y Filología alemana y Teología en la de Múnich. Se doctoró con una tesis sobre Heidegger, ha sido profesor de Filosofía en la Universidad de Basilea, de Filosofía y Teoría de los Medios en la Escuela Superior de Diseño de Karlsruhe y de Filosofía y Estudios culturales en la Universidad de las Artes de Berlín.

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