No es casual que un amigo del agresor de CFK diga que el asesinato habría significado una baja de impuestos. No es casual que los nuevos espacios políticos desde los que se promueven los discursos de odio estén encabezados por economistas, como Javier Milei y José Luis Espert.

A partir del intento de asesinato que sufrió la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner el pasado jueves a manos de un simpatizante neonazi y de la reflexión posterior al hecho de parte de la sociedad y de la política, incluyendo al presidente de la Nación, respecto de los discursos de odio como promotores de este tipo de violencia, es que llevamos varios días debatiendo sobre qué son los discursos de odio, cómo combatirlos y si su denuncia afecta la libertad de expresión.

Más allá de la dimensión estrictamente jurídica acerca de qué sería pasible de catalogar como delito y podría volverse punible, lo que interesa aquí es indagar en los discursos de odio como un tipo particular de discurso político que, cuando, como en este caso, es dirigido hacia una comunidad o identidad política, necesariamente rechaza la pluralidad de ideas y asume una posición fundamentalista respecto de los determinantes de los fenómenos sociales. Desde ya, no todo discurso político confrontativo o incluso agresivo se enmarca como discurso de odio, y aunque suene obvio vale la pena aclararlo. En esta misma línea, no todo discurso político que asuma una posición fundamentalista respecto de los determinantes de los fenómenos sociales y rechace cualquier apertura al pensamiento crítico ha de ser catalogado como discurso de odio.

Es decir, sucintamente, todo discurso de odio asume fundamentalismos y rechaza el pensamiento crítico, pero no todo discurso que asume fundamentalismos y rechaza el pensamiento crítico ha de ser entendido como discurso de odio. De estas premisas se deduce que la promoción del pensamiento crítico, la apertura a la pluralidad de ideas y de voces y la lectura y discusión de ideas que no compartimos pero cuya difusión es legítima es un camino para neutralizar a los discursos de odio y, por consiguiente, para contener las escaladas de violencia, sin necesidad de restricciones o prohibiciones.

¿Qué tiene que ver esto con la economía? Pues bien, en Argentina es la economía lo que más nos angustia, lo que más nos aterra y, también, lo que más nos hace discutir y enfrentarnos. En uno de los textos de economía para no economistas más famosos del mundo, titulado “Economía para el 99%”, el economista coreano Ha Joon Chang se propone explicar nociones económicas asumiendo que el público no especializado no habla de economía en sus hogares o con sus amigos, no presta atención a las noticias económicas en la televisión, no lee las secciones de economía de los periódicos. Así, la tarea del economista implica empezar de cero. Ese no es el caso de la Argentina, donde se habla de economía a diario y en todos lados. La inflación, el dólar, la pobreza, hasta el riesgo país y la tasa de interés se vuelven temáticas cotidianas para amplios sectores de la población. Y, por supuesto, cuando en la televisión, los diarios o las redes sociales se habla de economía lo más habitual es que se reproduzcan sentidos comunes establecidos, en particular aquellos cuyas explicaciones son tan simples que parece que cualquiera puede entenderlas fácilmente.

Así, ante una explicación sencilla y autoevidente, y más aun si ella coincide con nuestros propios prejuicios o está en línea con nuestros sentimientos políticos, quien diga lo contrario, aun teniendo expertise o credenciales, es catalogado como un mentiroso, un embustero, un corrupto. “Si es obvio que la emisión monetaria genera inflación, ¿cómo podés decir lo contrario? Sos un mentiroso a sueldo”. Quienes hablamos de economía desde miradas opuestas al sentido común hemos recibido ese tipo de calificativos muchas veces. La característica fundamental de este tipo de discurso es que se rechaza de cuajo cualquier tipo de disidencia o de pluralidad de ideas y que quien emite ese discurso no llega a ser catalogado como alguien que piensa distinto sino que rápidamente es entendido como un enemigo y un delincuente, o incluso como parte de una conspiración.

En este sentido, no es demasiado aventurado afirmar que si a) en Argentina las percepciones sobre lo económico (sea sobre la situación económica individual o sobre la economía nacional) son centrales en la configuración de las identidades políticas, b) las posiciones fundamentalistas sobre temas de agenda pública llevan a la descalificación del otro y a su catalogación como delincuente y/o enemigo y c) la conformación de identidades políticas sobre la base de enemistades inherentes es condición necesaria para los discursos de odio, podemos afirmar que la abrumadora presencia de un discurso económico dominante profundamente intolerante, cerrado a cualquier cuestionamiento y que se constituye como elemento principal de la identidad política de muchos, aun presentándose a sí mismo como revolucionario, transformador y enfrentado al “sistema” o a la “casta”, contribuye a la promoción de discursos de odio y, por ende, a la violencia política.

No es casual que en una entrevista televisiva realizada a un amigo del acusado del intento de asesinato este afirmara, ante su lamento de que la bala no saliera, que el asesinato de Cristina Kirchner habría significado una baja de impuestos. Más allá del caso extremo en cuestión (de una persona no representativa de ningún grupo social o político, ni particularmente inteligente sino todo lo contrario), es significativo que la preocupación económica aparezca en primer plano cuando se habla de las motivaciones de un asesinato. Tampoco es casual que los nuevos espacios políticos desde los que con mayor algarabía se promueven los discursos de odio basados en identidades políticas estén encabezados por economistas, como Javier Milei y José Luis Espert, quienes en su argumentación económica reproducen el sentido común ortodoxo, pero le agregan no solo una épica transformadora sino también un reemplazo de la búsqueda de causas a nuestros problemas por la búsqueda de culpables, principalmente en el Estado y en el peronismo.

Así, si desde cierto discurso económico expresado por supuestos expertos, con una importante capacidad de convocatoria y un lenguaje simple, simplista, básico, de apariencia irrefutable, se explica que los culpables de todos los males económicos, de todas las angustias que atravesamos día a día, de la inflación, la pobreza, pero también la inseguridad y la pérdida de los valores éticos, son el Estado y el peronismo, potenciado cuando el peronismo está a cargo del gobierno, la línea que va desde el tipo de argumentación económica hasta los discursos de odio y los actos de violencia queda bastante clara. No debería llamarnos la atención que un simpatizante de estos movimientos políticos decida “hacer patria” y solucionar los problemas económicos cometiendo un crimen de odio, más allá de que claramente ninguno de los dirigentes principales esté haciendo un llamamiento abierto a que eso suceda.

Pero de este escenario preocupante también surge un posible camino de contención (quizás solución suene demasiado ambicioso), que ya esbozamos al inicio, antes de empezar a hablar de economía: la promoción del pensamiento crítico como neutralización de los discursos de odio. En el caso de la economía, esto también vale. Necesitamos no solo más espacio en medios de comunicación para voces alternativas y heterodoxas, sino sobre todo una mayor reflexión sobre la necesidad del pensamiento pluralista en economía, de la necesidad de conocer que ante cada fenómeno hay diferentes explicaciones, distintas teorías, y que la entusiasta exposición de axiomas o dogmas nada dice sobre la validez de los enunciados.

El problema es que es difícil pedirle esto a los medios de comunicación, a los divulgadores, a los periodistas, cuando en la enorme mayoría de las facultades de Ciencias Económicas del país -y del mundo- el pluralismo y el pensamiento crítico brillan por su ausencia, cuando no se enseña nada más que la teoría neoclásica dominante y cuando se pasan por alto muchas de las contribuciones más relevantes para el análisis de nuestras economías latinoamericanas, dado que estas no encajan del todo bien en las currículas prefabricadas que se dictan.

En síntesis, antes de avanzar en medidas legislativas sobre los discursos de odio que, ante la dificultad de establecer definiciones precisas y objetivas, terminen dotando al Poder Judicial de la posibilidad de sancionar cualquier cosa que le caiga mal, debemos pensar en mecanismos para neutralizarlos desde la acción política. La promoción del pensamiento crítico es un gran remedio contra los fundamentalismos. En el caso argentino, donde la economía ocupa las primeras planas, la difusión del pensamiento crítico en economía y del pluralismo se vuelve esencial, tanto entre economistas como entre no economistas. Desde ya, esto debe ser entendido como condición necesaria, no como condición suficiente. Hacen falta estrategias políticas multidimensionales para combatir a los discursos de odio y evitar la violencia política. En ese camino, los economistas también tenemos cosas para aportar.

ED

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