Antiguamente el hombre derivaba el significado de su existencia de los ciclos de la naturaleza, a los cuales se ajustaba para vivir en armonía.

Es por ello que los solsticios y equinoccios –los cuatro pivotes del año solar– eran grandes celebraciones, en las que se rendía culto al viaje del Sol a lo largo de los diferentes constelaciones y su transformación en las diferentes estaciones. En estos cuatro puntos se simbolizaban los hitos que marcan la vida en la naturaleza: el nacimiento, el crecimiento, la madurez, la muerte (que conlleva la regeneración).  

Este año el solsticio de invierno ocurrirá el 21 de diciembre en el hemisferio norte a las 16:58. En el hemisferio sur será en el mismo momento el solsticio de verano. De un lado tendremos la noche más larga del año y del otro el día más luminoso– este es el punto de máxima dualidad en el drama cósmico, que llegará al equilibrio en el equinoccio.

La palabra solsticio viene del latín sol + sistere (“quedarse quieto”), y alude al instante en el que el Sol llega a su punto más alto en el cielo, desde nuestra perspectiva, y en apariencia parece detenerse (un instante de mágica e ilusoria suspensión temporal que parece fijar el momento de su muerte) para revertir su dirección.

Tenemos, particularmente en el solsticio de invierno, el gran símbolo natural de la muerte y el renacimiento. El momento del solsticio es el memento mori  por antonomasia, donde toda la naturaleza venera enlutada a la luz que es la fuente de toda vida.

Pero en la misma muerta yace la la semilla del espíritu que florecerá en la primavera y culminará en el esplendor del solsticio de verano. “En medio del invierno descubrí que había, dentro de mí, un verano invencible”, escribió Albert Camus. La luz y la oscuridad no pueden existir la una sin la otra y es posible ver en las tinieblas una luz invencible.

Gran parte de las religiones antiguas eran en realidad filosofías naturales o astroteologías que extraían sus principios filosóficos y sus conductas morales y rituales de una atenta observación de la naturaleza, y particularmente de los astros.

Esto se basaba en un pensamiento analógico del cual se derivaba un sistema de correspondencias que concebía al hombre y a la naturaleza sublunar como espejos del macrocosmos.

El Sol era el símbolo de la personalidad, el sí mismo divino, el gran héroe que atraviesa todo tipo de peripecias en su viaje anual, incluyendo el descenso al inframundo, lo cual marca el triunfo de la luz y la prueba de la inmortalidad de la vida, que siempre se regenera.

El ser humano entonces es el pequeño Sol que atraviesa arquetípicamente las mismas permutaciones que el Sol (cada año, pero también en su vida como conjunto) y que debe convertirse en el héroe inmortal de su propio psicodrama cósmico. Así entonces el invierno es para el individuo que sintoniza estos patrones arquetípicos un tiempo de recogimiento, de conservación de la energía, de reflexión, práctica espiritual y renacimiento.

 

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