Arquitecto Hugo Macat.
Todos los males de la democracia pueden curarse con más democracia. Alfred Emanuel Smith (1873-1944) político estadounidense. La complicidad de la apatía. Las tiranías, las autocracias, el despotismo, precisan de una importante dosis de perversidad por parte de sus ejecutores. También de una marcada ausencia de valores, un evidente menosprecio por la gente y un espíritu de superioridad siempre en el límite de la perdida de cordura. Pero todos esos requisitos imprescindibles, no son suficientes para que la concentración del poder se concrete de modo despiadado cotidianamente.

Se necesita además ,un ingrediente vital: sin la pasividad ciudadana, nada de eso sería posible. Lo consiguen y avanzan, y van por más y hasta por todo, porque responden a las más elementales leyes físicas. Es simple, siguen dando pasos, porque no encuentran resistencia, nada que les haga fuerza en el sentido opuesto. Mucha gente hace una interpretación equivocada del sistema democrático y supone que son los opositores quienes deben contrarrestar esa potencia que imponen los que gobiernan. Y si bien está claro que quienes tienen la responsabilidad política de ponerle freno a los atropellos, no están a la altura de las circunstancias, no menos cierto es que el poder radica en la sociedad y no en quienes ella delega circunstancialmente.

Si no se quieren más atropellos, el remedio es reaccionar. Pero si algo han desarrollado los políticos contemporáneos es un conocimiento bastante profundo de la sociología de este tiempo. Saben que el ciudadano medio se queja, no está conforme, que conoce la presencia de corrupción, o al menos que la intuye con alto grado de certeza. También el poder saber que a los ciudadanos muchas cuestiones le disgustan y le resultan absolutamente indigeribles, pero también sabe que, para la mayoría, todo eso no alcanza para abandonar la comodidad. El resultado está a la vista.

Una constante pérdida de libertades, el absoluto desprecio por las instituciones y el abandono por los valores republicanos, más la creciente corrupción que no se detiene. Ellos, los que ejercen el poder a diario, lo saben. No desconocen la inmoralidad de su accionar. Solo se justifican de mil formas, para dar paso a  sus más básicas necesidades de concentración de poder, de acumulación de recursos que obtienen al estafar a los contribuyentes y de consolidar ese régimen que les brinde impunidad para seguir haciendo lo que se les plazca

 

El principal aliado de estos sistemas de poder, es la abulia de la sociedad, la apatía crónica de una comunidad que se acostumbró a convivir con corruptos, déspotas y soberbios dirigentes que se creen dueños del poder y no meros administradores de la cosa pública. La sociedad tiene en realidad, el poder de cambiar las cosas, de decir basta, de poner sus propias reglas de juego, para que los corruptos de hoy no sean luego sucedidos por los corruptos de mañana.

Los ciudadanos tienen la llave en sus manos. Son los que pueden, y deben, cambiar el rumbo de los acontecimientos. Aun cuando parezca difícil o se plantee como una batalla larga y dispar, se debe hacer el intento. Pero aun en la disparatada hipótesis de que consigan torcerle el brazo a los poderosos de hoy y sean eventualmente derrotados, saben que siempre será más fácil negociar con sus pares, con los “colegas” de la corporación política y simular cambios para que todo siga igual, que enfrentarse a una sociedad dispuesta a mandarlos a sus casas, o a la cárcel por sus abusos constantes.

Para que un régimen avance, y no encuentre límite, se precisa mucha maldad del lado de los déspotas, pero también resulta imprescindible el ingrediente de una sociedad amodorrada, sin voluntad, abúlica, que solo se queja, sin llevar a los hechos su justificado enojo e indignación.

 

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